Patricia

A los 9 años empezó a almacenarlos. Los primeros libros eran coloridos, llenos de ilustraciones; incluso había algunos con trucos increíbles para animar el papel y crear movimiento. Nada que ver con los últimos, bloques de páginas a solo dos colores.

Utilizó el jardín de atrás para ir apilándolos. A la familia le pareció bien porque no habían encontrado un mejor uso para el terreno.

Al principio intentó construir con ellos una casa, pero siempre acababa por caerse el tejado. Pensó que era imposible equilibrar libros para construir un techo sin dominar su propio equilibrio y se propuso mantenerse sobre su piena izquierda durante tres días. A los veintitrés segundos, abandonó el intento para cenar. Le había entrado hambre.

Nunca se le ocurrió leer sobre arquitectura y construcción, así que siguió apilándolos en filas hasta crear miles de pasadizos entrelazados en forma de laberinto.

Los satélites captaron esa rareza. Las imágenes se difundieron y, a los pocos días, la gente comenzó a hacer cola a las puertas de su casa para poder entrar en su laberinto. Por la red circulaban rumores sobre las distintas posibilidades de lo que se encontraría en el centro: cantidades variables de dinero, el último decimal de pi, las coordenadas gps de la siguiente obra de arte…

Jamás llegó a saberse que lo único que había eran más libros.

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Lluvia

Deambulaba por la calle y el centro estaba lleno de lluvia y de paraguas para evitar la lluvia. Un pequeño pájaro saltaba por la acera y soltaba un ruido que parecía burlarse de la lluvia.
No pasó nada en las primeras calles porque no lo permitía el espacio, pequeño como para mantener conversaciones. En la calle más larga, pudo escucharse un murmullo de personas que hablaban de un claro empate, así que comenzó a concentrarse un poco más. Al llegar al reloj, una persona de 50 centímetros preguntó mirando a su padre: “¿A qué estamos jugando?”.
Pero la conversación era ajena y no pudo aumentar el volumen.

Ahora se distraía con el tic, tac, clic, clac, glac, del teclado, pero el teléfono se retorcía en el sofá de al lado gruñendo como siempre, y no podía dejarlo seguir.
Daba igual la información recogida, porque aunque estaba claro que era divertido, novedoso, que conseguía apasionarla e incluso dormirla, recordaba haber leído que si no podía ser, lo sería con más fuerza.

Pensó que un libro traería la paz. Lo agarró durante un momento, pero tuvo que volver a escribir. No podía parar, debía reflejar una y otra vez su defecto al entenderlo y así descansar.

Dieron las 3:30 y seguía escribiendo, esta vez sobre la propia escritura, para no acabar nunca de rizar el rizo y no perder así la felicidad que le producía pensar en él.

Invertir

En el Activo todo lo que tiene valor: un par de discos; la curiosidad;  el tamaño de sus pies; la sonrisa que me regaló la primera vez; el gesto serio de la segunda y última; no saber todavía de qué color son sus ojos; las casualidades; las bromas; y la curiosidad otra vez.
En la segunda columna el Pasivo, las deudas: creo que la quinta letra, E.

Al final el resultado: jamás se lo diré.